El viaje de la vaca

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Mucho antes de hacer maletas rumbo a Perú, comenzó este viaje. Tenía unos quince años, esa edad en la que no sabes nada en absoluto, pero crees que te las sabes todas más una. “El Valor de las Pequeñas Cosas” fue el libro que mi papá puso en mis manos, aquella noche en la que -y quizás también porque-, control en mano y echado en el sofá, veía Mtv, canal que aunque usted no lo crea, alguna vez fue musical. Debo admitir que la portada de un colibrí entre unas flores rojas, no era precisamente la lectura que estaba buscando. Aún tenía a Hugh Heffner, como mi autor más leído y admirado. Quizás llegué hasta la mitad de la lectura, antes de estar diabético de tanta autoayuda melosa. Sin embargo, entendí lo que intentaba decirme mi viejo. No de inmediato, claro. Me ocupaban más el acné y la “soltería”, que pensé que sería eterna. En aquel momento solo me quedó la semilla, bajo la tierra del desinterés pueril. Fue a través del tiempo, y abonado por distintos motivos, que aquello germinó. Desde entonces, el título del libro vuelve a mi cabeza de vez en vez, junto a la intención de papá, marcando así el camino. Trato de tener presente, el valor de las pequeñas cosas. Así obtuve el boleto.

Con el cinturón abrochado, un pote de agua y un libro como paracaídas, en caso de sufrir algún ataque de insomnio aéreo, pues duermo a mis anchas en los aviones, me embarco rumbo a Perú, para ir –en calidad de prensa- a unos de los festivales gastronómicos más importantes del momento: Mistura. Si cobraran sobrepeso por la emoción y las ganas, no me dejan montar en el avión.

Un viaje siempre es aprendizaje. Conocer otras culturas nos van dando diferentes ópticas, ángulos, modos de ver y caminar por la vida: diversidad. Compartir con otras personas, enriquece, más aún cuando es en torno a la gastronomía, por ser un escenario natural para las relaciones humanas: No es buena idea arrugar la cara cuando pruebas lo que otros comen –y veneran- a diario. Cuando le ofrecemos a otro un puesto en nuestra mesa, le damos acceso a nuestro mundo, a que comparta junto a nosotros, una de las alegrías más honestas que pueden existir: la del gusto. Y sin lugar a dudas, si uno va al Perú, comer no parece ser precisamente un problema. Que no falten los tragos, que no falten las emociones, que no falten las experiencias de todo tipo, dejemos que pase, al final, la vida es un transitar: movimiento.

Bienvenido al viaje de la vaca,

O.

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Acerca de vacaviejavzla

cocino, produzco, padezco, aprendo, sueño, crezco, cambio en @vacaviejavzla
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