Hola, Perú

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La dulce y paciente amabilidad de las aeromozas me supera. Montado en el avión, ya se siente que estás en otro país, aunque todavía estemos en cielos venezolanos, incluso aun estacionados en Maiquetía. Con todo y que hice un poco de barra jovial en el aeropuerto -en las rocas para mi- se me hace imposible dormir, aun tomando una Cuzqueña de refuerzo. 

Apelando a un buen libro, también vuela el tiempo.

El encuentro con el personal del aeropuerto, y Carlos, el taxista que me trajo al lugar donde estoy hospedado, sirven para confirmar lo que viví a unos cuantos miles de metros sobre tierra: esta gente es muy amable. Carlos me da todo un repaso de política y economía, como un catedrático con fechas, nombres y lugares, también hablamos de cocina, y de lo tanto que le gustaba el cau cau que la hacía su mamá cuando era chico. Le escucho mientras veo asomado por la ventana, como perro de rico, queriendo grabar cada palabra y cada imagen en la memoria.

Maletas al piso y paseo nocturno para explorar la ciudad. Antes de volar, bajé la aplicación Yo Culinario, de Nidal Barake (@NidalBarake), por lo que al verla, reconocí una sucursal de La Lucha, una de las más destacadas de tantas opciones de sangucherías en el Perú. ¿Por dónde comienzo? Por lo criollo. Uno de chicharrón y otro de lechón. Animal repetido, método diferente, Y si el animal es cerdo, no hay redundancia que valga. Papas fritas huayro, chicha morada y lúcuma con leche para acompañar.

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“Solo falta un trago, y tengo la primera noche perfecta”, y me voy a hablar con los taxistas. “Que no quiero putas, quiero un bar”.  Mi frase más repetida. Amablemente, uno de ellos me señala el camino a un lugar, que conseguí cerrado. Al regresar, me ataja otro taxista que antes estaba escuchando pasivamente, y ofrece llevarme a un sitio “buenazo”. Y aunque mi instinto nota un disturbio en la fuerza, bien vale la pena intentar conseguir algo de pisco para ayudar a aplacar tantas emociones, y conciliar el sueño.

Nos paramos en una calle oscura, frente a un bar que tiene la santamaría abajo. Antes de tomar conciencia, un hombre me recibe en la puerta -la de personal-, con una sonrisa y me dice “vamos”, y en contra de toda lógica, obedecí. -Ahora que lo pienso, en verdad quería echarme un palito-. Un bar de un barranquillero, lleno de mujeres de distintas partes del continente y un match de vallenato y bachata a todo volumen. Me jodió.

En estos casos no se muestra flaqueza. Un poco de tipos mal encarados, rodeados de jóvenes en falda y tacón, fumando, con caras amarradas, no son el contexto para ser pusilánime. Un trago en la barra, a lo cowboy, mientras sigilosamente voy desgargando Easy Taxi. Cuando al vaso le quedan dos hielos bailando, ya tengo mi escape listo. Un vehículo me espera afuera. Pago y salgo con actitud, sintiendo mil ojos en la nuca. 

Erick, el conductor, me conversa en el camino, e incluso se estaciona frente a edificio,  a charlar de su familia, de su vieja, de los lugares más bonitos e interesantes para visitar, y claro, de los exquisitos platos que cocina su mamá. Me estoy reencontrando con la amabilidad, con la gente y sus historias. ¿Qué es una pequeña mancha entre tanta luz? Nada.
Viendo en retrospectiva, que bueno estaba ese trago.

Hola, Perú,

O.

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Acerca de vacaviejavzla

cocino, produzco, padezco, aprendo, sueño, crezco, cambio en @vacaviejavzla
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